Cuando tenía como 11 años leí un libro en el que uno de los personajes quería huir de casa, llevando su atadito al hombro y subiéndose como polizón a un tren, luego de decidir en ese momento si viajaría al norte o al sur.
Ahora ya no recuerdo si a partir de esa idea yo planeé mi escapada un día o si fui víctima de plagio por parte de la autora, todo puede ser, pero tengo ese recuerdo desde siempre.
Recostada en mi cama viendo hacia las estrellas y escuchando el tren que pasaba a unas cuadras de casa, me imaginaba que huía quien sabe de qué, quién sabe a donde, envolviendo en un paliacate, atado a un palo de escoba, mis escasas pertenencias y tratando de encaramarme a un vagón que me depararía un destino maravilloso e insospechado.
En realidad no tenía ninguna razón para escapar de casa, pero la idea tenía para mi un romanticismo especial que hacía que me dieran unas ganas terribles de entregarme a tal aventura.
Quizá llegaría a un pintoresco pueblito en alguna playa recóndita, donde conocería a igualmente pintorescos personajes que me dejarían rebozante de lecciones de vida, nuevos conocimientos y formas de pensar, antes de regresar llena de anécdotas.
Recorrería hermosos paisajes llenos de valles de un verde intenso, montañas imponentes coronadas por la nieve, bosques frondosos que escondían aún mejores vistas desde sus adentros; pasaría por desiertos azotados por el sol, pero que aún así guardaban magníficas sorpresas. Seguro vería a lo lejos cientos de pastizales bordeados por alegres arroyuelos y yo me regodearía emocionada de poder conocer tantas maravillas que nadie más podría apreciar como yo.
Con mi atadito siempre al hombro pasearía por plazuelas de pueblitos perdidos, buscando el próximo tren para seguir mi camino, ¡Qué regocijo ver la infinidad del cielo con todas su estrellas tumbada tranquilamente sobre el bamboleante techo del vagón!.
Con el tiempo abandoné la idea, pues era demasiado arriesgado siquiera intentar salir por el balcón en medio de la noche, luego no solo me parecía arriesgado sino completamente estúpido, pero el tren seguía pasando siempre a la misma hora y yo poco a poco me iba quedando dormida, arrullada por su sonido, ideando formas para poder subirme en él.
2 comentarios:
Las simbologias de la idea son muy bune tema de conversacion, gracias ;)
mmm
yo una vez lo logré. Salí de casa con mi atadito, hecho con un paliacate y una rama de árbol. Caminé 20 cuadras, las recuerdo bien, porque cuando llegué al límite de lo desconocido. Regresé.
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