La salida estaba programada para medio día, el plan original era disfrutar de un apasible viaje de 4 horas por la costa de Puerto Vallarta, y si era posible, otear ballenas durante la travesía.
El plan original se vino abajo cuando uno de los marineros se reportó enfermo y fui cortésmente obligada a sustituirlo: antes de darme cuenta ya tenía puesta una camiseta de la tripulación y estaba recibiendo al grupo de americanos que sí pagaron por disfrutar de un paseo por el mar.
Era la primera vez que me subía a un barco, un trimarán en realidad, al salir de la marina, con sonrisa emocionada y expectante, me dispuse a servir bebidas a los gringos y ahí fue donde empezó a surgir el primer problema, ya que me era imposible mantener el equilibrio, mi cuerpo, rígido, se resistía a seguir el suave bamboleo del barco y tenía que sujetarme fuertemente a cuanta superficie tuviera más próxima, (así fuera la pierna de un gringo de formas redondeadas y rosadas).
El problema del equilibrio se complicaba aún más al querer llevar bebidas de popa a proa (mis conocimientos marítimos ahora son de un profesional) en vasitos de plástico llenos al tope, así que prefería llevar cervezas en su botella, aunque me hubieran pedido un vodka tónic.
Lo que sucedió a continuación fue la obvia consecuencia del terrible e incesante brincoteo: tuvimos que pedir dramamine a los bien prevenidos gringos que no cabían en sí mismos del asombro porque uno de los “marineros” estuviera mareado.
El capitán, amigo de la familia, hombre de piel curtida por el sol y manos ajadas por el trabajo duro en el barco, de ojos verdes y cristalinos pero que delatan un sinfín de correrías ya pasadas, en fin, este hombre de mar, nos dirigió hacia una parvada de gaviotas, afirmando que las gaviotas señalaban el lugar donde había peces y seguramente ahí habría ballenas, no se equivocó.
Fue como si sucediera todo en cámara lenta, el barco se hizo pequeñito y nosotros junto con él, la expulsión de un potente chorro de agua que señalaba la ubicación de una enorme y majestuosa ballena jorobada, el morro oscuro asomando grácilmente a la superficie, para rápidamente sumergirse otra vez y luego un último coletazo en el agua, al mismo tiempo, a su alrededor, un enorme grupo de delfines, que juguetones saltaban y hacían piruetas como si quisieran brindarnos un espectáculo, hacían formaciones diversas y se acercaban al barco, como si les gustara que estuviéramos ahí, nosotros tristes invasores de su espacio.
Seguimos adelante y más tarde nos topamos con cuatro ballenas más, a unos 30 metros de nuestro barco, lanzaban chorros de agua y se asomaban de cuando en cuando, los gringos, ya para ese entonces completamente borrachos, no hacían más que vitorear y lanzar exclamaciones de asombro, la música disco sonaba fuerte por las bocinas, pero de repente, todo se enmudeció, no se oía más que el oleaje, el viento soplando y chocando con mi cara, las gaviotas graznando alarmadas al verse privadas de sus pequeños peces, y entonces una de las ballenas saltó del agua, dejándose ver completa, torciéndose para caer de costado, brillando toda con el reflejo del sol, que anunciaba ya su puesta, y salpicando a su alrededor con estruendo, dando un último coletazo triunfal para no volver a emerger a la superficie, por lo menos no durante los otros 10 minutos que estuvimos ahí.
Ese único momento hizo valer la pena todo el recorrido, en general lastimoso para mí. Definitivamente estoy mucho mejor en tierra, pero si tuviera la oportunidad de poder ver nuevamente la magia de la naturaleza presentándose en semejante espectáculo, sin duda lo haría.
2 comentarios:
...y dices que no tienes talentos... Este escrito es excelente, Ale.
Llegador, muy descriptivo y como si lo hubiera visto en dvd en mi cabezota.
Saludos.
Esto me hace pensar que ya no trabajas en lo que te deje haciendo, mas aún me ha hecho pensar que te quieres convertir en un lobo de mar. Eso, o fue un suenho loco que tuviste...
Aunque la descripción del viaje se me hace demasiado veridica... mmm
....o.O
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