No importa como te sientas, sino como te veas. Siempre usábamos ese chascarrillo con sorna cuando alguna de nosotras se empeñaba en calzarse unos zapatos apretados hasta el punto de gangrena pero que combinaban perfecto con la blusa, o se ponía broches en el pelo que se sentían como se estuvieran enterrados en el cráneo. Usábamos el chascarrillo a modo de burla sí, pero a veces nos lo tomábamos demasiado en serio ciertamente.
Y es que todavía no termino de comprender esa malsana nece(si)dad que tenemos algunas mujeres de usar zapatos incómodos. De tacón alto casi siempre.
Sí, bueno, los zapatos de tacón hacen que las nenas se vean mejor y luzcan más la pantorrilla, claro, pero ¿Cómo fue que nos abandonamos a esa idea estúpida de la moda que nos veja y nos oprime, cual zapatos a los pies?
Es que usas zapatos caros y malhechos, por eso te lastiman. Eso me dijeron una vez, así que con el ego herido fui a comprar unos zapatos caros y de perfecta manufactura. El resultado fue el mismo.
Caminé un par de cuadras y mis pies atormentados comenzaron a pedir descanso desesperadamente, porque no se trata solo de ponerse los zapatos y ya, no, no, hay que caminar con gracia y equilibrio. Tratar de mantener el equilibrio mientras intentas atravesar corriendo la calle huyendo de los coches que se aproximan velozmente para luego brincar a duras penas dentro de un camión en movimiento agrega un plus a la ya de por si dificultosa experiencia.
Prefiero los zapatos bajos y cómodos. Pero no puedo evitarlo y a veces sucumbo a la vanidad y compro unos bonitos (y sumamente incómodos) zapatos altos.
Como el otro día. Tan bonitos, tan rojos ellos. Tan altos. Lo triste es que se veían sumamente cómodos. ¡Ajhá! Exclamé triunfante para mis adentros.
Me los puse a la mañana siguiente y salí corriendo a trabajar, vaya que son cómodos, pensé al andar la primera cuadra. A la tercera cuadra tenía miedo de asomarme dentro del zapato pues estaba segura de que el empeine estaría sangrando copiosamente y mis tobillos estarían ya con el cuero levantado por el roce de la correa. Pero no, solo amoratados y un tanto arañados. Menos mal. Al día siguiente apenas podía caminar. Me acordé del fantástico remedio que me enseñó una amiga, cuando volvíamos por la madrugada después de pasar toda la noche de fiesta. Los pies amanecían fresquitos y descansados. Maldita sea, lo recordaré la próxima vez. Porque obviamente voy a usarlos otra vez. ¡Se ven tan bonitos!
Y así he comenzado una lucha encarnizada contra los bonitos (y sumamente incómodos) zapatos rojos, he de domarlos hasta que calcen como un guante, no importa cuan lastimados resulten mis pies y orgullo en el intento. ¡Báh! He soportado otras veces el engarrotamiento, los calambres, la hinchazón, y he aprendido a ubicar curitas en las heridas estratégicamente para que no se noten. Snif.
Aunque, por otro lado, las chanclas con calcetines estilo señora fodonga nunca me han parecido mal.
1 comentario:
A mi me gustan los zapatos altos e incomodos, y mas cuando son de madera, y mas cuando cuestan caros.
como llegamos esto? Entregandonos a una sociedad maligna que lo unica que busca es insertarnos la idea del consumismo, y el consumismo CARO! ¬¬
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