Pues bien, ayer decidí abocarme a las labores propias de mi sexo y condición y me metí valientemente a la cocina (luego salí corriendo pero recuperé el valor perdido y volví a entrar) y cociné.
Tenía antojo de “salpicón” ese platillo típico de las mamás que son prácticas y ahorrativas: carnita de res deshebrada con lechuguita, jitomate y cebollita, todo bien picado, limón, jugo maggi, aceite de oliva y “una pizca” de sal de grano. ¡Ah! Y queso cotija para adornar al final. ¡Delicioso!
Pero como mi mamá está lejos y las cocinas económicas cambian de menú todos los días, lo tuve que hacer yo, así que con buen ánimo dispuse todos los ingredientes en la mesa de la cocina, me serví una copa de vino blanco, me preparé una botanita, programé algo de música y puse a cocer la carne siguiendo las instrucciones expresas de mi mamá que me dirigía a distancia por la camarita del messenger (tan valiente no fui después de todo) (Por cierto, la tecnología y yo nos estamos reconciliando, es como un lindo affaire de verano en este momento ¿Cuánto durará?)
“Ponla a cocer con un chorrito de aceite, consomé, ajo y cebolla, cuando empiece a hervir le pones un puñito de sal de grano; no antes, porque si no la carne se hace dura”. Las cantidades de todas las recetas que me da mi mamá siempre son las mismas: un puñito, un chorrito, ajo y cebolla suficientes, le calculas el agua ¿Cuánto quiere decir eso realmente? Es un misterio, pero supongo que tan mal no lo he de hacer pues casi siempre me gusta como me queda la comida, o será que me quiero demasiado y no podría soportar aceptar la sola idea de que algo no sabe tan bien como esperaba. Además, no me gusta cuando el orden de los factores sí altera el producto: ¿La sal hasta que hierva? ¿Por qué mejor no me dijo que cuando hierve sale una espuma grasosa y tupida que hace un manchadero en toda la estufa si se derrama?
He de decir que cuatr… dos copas de vino después, cinco cubiertos más de los necesarios, 1 mancha gigante de grasa en el piso y tres ollas sucias que no supe de donde salieron, el salpicón quedó rico. Muy rico de hecho. Probablemente no lo vuelva a hacer en un tiempo (¡Nunca jamás!) pero valió la pena poder saborear una tostada gigante con harto aguacate y lo fresco del salpicón con mucho quesito cotija, limoncito y salsa valentina. ¡Mmmmmh!
4 comentarios:
Tienes una manera muy padre de contar las cosas, siempre que te leo me da hambre y risa a la vez. Saludos.
a mi me gusta mucho kocinar aunke kasi nunka lo hago, en si kreo ke x eso me gusta tanto jajaja siempre ensucio un monton de trastes y la mesa y la estufa y todo, dp de limpiar me alejo de la kocina de nuevo x un buen rato ^^
Oh si, llegué a la conclusión: No puedo cocinar salpicón en Brasil.
No hay jugo magguie, ni salsa valentina, y el aguacate aquí es diferente.
Yo cocino, no porque quiera sino porque sino muero de hambre y es mas barato cocinar que comprar en cocina economica... Ayy soy pobre POBRE!!!!
Sobre el sazón, sin comentarios por lo menos no me he llegado a intoxicar hahahahaha.
Yo kiero salpicón.
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