viernes, octubre 03, 2008

Compostela

Me subí a la 142 con paso firme y seguro aunque no había tomado nunca antes esa ruta. No estaba confiando en mi increíblemente nulo sentido de la orientación, obviamente: estaba siguiendo instrucciones precisas así que sabía que no podía perderme (más increíblemente si lo hice, pero esa.. es otra historia)
El camión estaba medio vacío, así que escogí un asiento a mitad del camión, junto a la ventana y me puse los audífonos mientras veía a través de la ventana.
Después de diez minutos nos empezamos a meter en callecitas dejando atrás la amplia avenida y de repente esas callecitas empezaron a tomar una forma particularmente familiar. Qué extraño, me llamaba demasiado la atención. Empecé a fijarme en los nombres de las calles y en una de las placas vi el nombre de la colonia: Chapultepec Country. De repente una remembranza: ¡La casa de Compostela! El camión giró en una de las calles y apareció entonces esa figura emblemática de mi niñez, casi como la última vez que lo vi, el obelisco de la pequeña glorieta que tantos negocios vio pasar por sus entrañas. Y recordé cuantas veces estuvo vacío y como aprovechábamos entonces para colarnos entre rejas y ventanas y llamarlo así nuestro escondite. Esta vez el obelisco es una estética, pero yo lo vi abandonado y lleno de niños ruidosos como en aquel entonces.
Y aunque el camión se detuvo para dar la parada y yo giré la cabeza en una postura casi imposible no alcancé a ver la casa, mi casa, con su enorme portón gris y su árbol de aguacates flanqueando la entrada.
El camión de la ruta 142 siguió su camino y pasé entonces por la tiendita aquella de los refrescos en bolsita y los frutsis tomados por abajo. Unas cuadras después apareció el parquecito minúsculo (¿minúsculo? ¡Pero si era enorme!)con sus bancas viejas y roídas, horas interminables hablando de cualquier cosa sentados en el respaldo de varias de ellas. Luego, la otra tienda, la grande, la de la señora que nos caía gorda porque su tienda estaba más grande y mejor surtida que la primera pero daba todo mucho más caro. Alcancé a ver, al lado, la farmacia de la señora Chuy, mujer robusta y eternamente sonriente, a pesar de todas las penas que traía cargando, o por lo menos eso decía mi abuela. Ahora que intento recordarla su rostro se desdibuja y solo queda el recuerdo de sus dientes blanquísimos y enormes y los dulces que siempre nos daba cuando pasábamos por ahí.
Veía todo a través de la ventana del camión, pero podía verme en aquella omnipresente bicicleta roja pedaleando a toda velocidad tratando de alcanzar a los demás, mis rodillas raspadas, la sonrisa en la boca.
Llegamos a avenida de los maestros, el límite impuesto por mi madre que separaba nuestro jardín de recreo de las calles prohibidas. No se por qué, pero a pesar de lo emocionante de la palabra "prohibido" nunca cruzamos más allá de esa avenida.
Las bicicletas se fueron quedando atrás, el obelisco se había perdido ya de vista. Qué curioso: la tienda no era tan grande como la recordaba.
Tenía más de diez años que no pasaba por esas calles, pero están tan plagadas de recuerdos que uno a uno fueron llegando, algunos medio desdibujados, otros de plano en retazos, pero siempre felices, eso sí.
Así que en un último dejo de nostalgia, sonriendo desvié la mirada y seguí mi camino sin ver que era lo que escondían aquellas calles prohibidas del otro lado de la avenida.

2 comentarios:

Zuthiel dijo...

...Siento que te diste una buena perdida... Una desas perdidas encontradoras, reflexionadoras. Por otra lado también creo que fue una mala perdida, medio asustadora cuando dejaste la av. de los maestros. (que particularmente no se donde esta)

Anónimo dijo...

Sip, Av. de los maestros sigue siendo prohibida para mi :P

Y eso ke yo vivo hasta el otro lado de la ciudad.

Me gusta cuando escribes de los viejos tiempos... más ke de viejos encuerados.

Mi bici todavía está en mi antigua casa, tal vez luego vaya por ella.