Siempre he pensado que el ejercicio es nocivo para la salud: Si uno no termina con una luxación en el tobillo por no calentar, puede llegar a fracturarse el brazo con una mala caída (¿Hay buenas caídas?) o de plano uno puede recibir un balonazo en la jeta provocando que se le trabe la quijada un buen rato y que luego le truene para siempre cada vez que abra la boca.
¿Y qué tal los músculos engarrotados después de una ardua sesión en el gimnasio? ¿El sudor escurriendo por tu cara, nublando la vista, el sabor salado cuando toca la boca? ¿Y la cara roja, casi amoratada, mientras resoplas una y otra vez en clara mueca de dolor? ¿Los imbéciles de cuerpo atlético y firme que se ríen abiertamente de ti mientras tratas de mantener lo último que te queda dignidad?
Todo esto lo sé porque una vez me inscribí a un gimnasio. Me tronaban las rodillas, me sonaba la cadera y no solo era una maraca deambulando: tampoco podía caminar a paso veloz ni media cuadra sin terminar bofeando, así que empecé a considerar la idea de que quizá sería bueno empezar a sopesar la posibilidad de comenzar a pensar en hacer algún tipo de ejercicio.
Finalmente me decidí a dejar la vida sedentaria y me insribí. Pagué un mes por adelantado para presionarme a ir. El primer día llegué bien entusiasmada y con toda disposición a hacer de todo, ¡Qué sana y deportista soy! Me decía. Me inventé una rutina y me subí a todos los aparatos, cada uno de los cuales me recordaba a una máquina medieval de tortura, pero no desistí, continué jalando ligas, cargando pesas, pedaleando con ganas, haciendo flexiones y demás. Terminé exhausta, pero cumplí con los 15 minutos de ejercicio que me había puesto como meta. El segundo día fui a recoger una sudadera que había olvidado el día anterior. Nunca regresé.
El sábado pasado llegué al campo de gotcha con todo el equipo. Hacía meses que no jugaba, así que ya le traía ganas a la marcadora. Dejé el equipo en la mesa, pedí una cerveza, prendí un cigarro y exhalando tranquilamente el humo me desparramé en la silla. ¡Delicioso! ¿Y si mejor no juego? Faltaba todavía mucha gente por llegar, así que me terminé mi cerveza, pedí otra y otra más y todavía me fumé otros tantos cigarros en el ínter. Para cuando entré al campo estaba más que “contentita”, y por tanto era insconsciente de lo que me podría pasar. Corrí como pocas veces, me aventé sobre las rodillas para cubrirme en cada búnker y barricada que encontraba, me aventaba al piso y avanzaba pecho tierra, ¡Yo te cubro! Le gritaba a compañeros de juego que en mi vida había visto. Descargaba mi marcadora sobre enemigos inexistentes ¡Se me hace que por ahí lo ví! Me desgañitaba gritando indicaciones.
Me mantenía en cuclillas por minutos eternos esperando el ataque del enemigo ¿Cómo no sentía el rigor al que estaba sometiendo a mis enclenques piernas? Al terminar cada juego salía y me refrescaba con otra cerveza, y no se por qué pero al regresar entraba con más ímpetu y mis correrías y brincos eran todavía mayores.
Cuando terminó el juego, salí del campo, dejé el equipo en la mesa, pedí una cerveza, prendí un cigarro y exhalando el humo me dejé caer pesadamente en la silla. Estaba muerta. Las rodillas me temblaban, apenas podía sostener la botella de cerveza, me palpitaba la cabeza y la panza me dolía al incorporarme.
No debería sorprenderme lo que ocurrió al día siguiente: No me podía mover. Me acuerdo de un libro que se llama “Puerta al verano” donde encontré la mejor descripción de lo que es una cruda: el protagonista se siente tan mal que monta campamentos en su casa, entre cuarto y cuarto para descansar antes de seguir su camino arrastrándose por el piso para poder llegar hasta el sillón. Así estaba yo. O peor, pues lo mío no era nada más cruda, tenía los músculos embotados por todo el ejercicio que hice. Me encontré un moretón enorme y doloroso en el muslo izquierdo que no recuerdo haberme hecho. Si daba un paso me dolían las coyunturas de las rodillas, si me sentaba la espalda se quejaba, si tomaba agua me dolía el contraer el brazo, si me tiraba en el sillón me dolía todo, pero al menos era parejito. La cabeza me dolía todo el tiempo, intermitentemente y la boca seca y pastosa se quedaba así, a pesar de toda el agua que le ponía encima.
Confirmé una vez mas, con toda evidencia, que el ejercicio es seriamente nocivo y perjudicial en todos los sentidos y no debe realizarse bajo ninguna circunstancia, no por motivos lúdicos, no por motivos de salud, y ciertamente no bajo el influjo del alcohol.
1 comentario:
Chale!!
Yo kería jugar cuando fuera tu triunfal regreso al gotcha :(
Eske... para ke tanta violencia??
Ese tipo de cosas se haen de poko en poko para no terminar como terminaste tu.
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