jueves, noviembre 20, 2008

La maestra de meca

De entre todos los horrores que sufrí en la secundaria, el único que recuerdo con cierto cariño es el de las clases de mecanografía.
Esther, la maestra, era una mujer ya entrada en años, con el pelo teñido de un violeta casi encandilante y muy levantado tras varias capas de spray, siempre con faldas almidonadas y con una eterna mirada de recelo hacia todo.
El primer día, al inicio de la clase, descubrí con alegría que ella le había dado clases a mi mamá en la Escuela bancaria y comercial en la ciudad de México. El primer día al final de la clase me arrepentí amargamente de haber hecho tal descubrimiento.
"Tu mamá era una excelente alumna" me dijo "Así que no te asombre que te exija mucho más que a los demás" terminó la frase casi con desprecio.
En esa primera clase y hasta el final del curso los teclados de las máquinas de escribir estaban siempre cubiertos con una hoja de papel para que no nos fijáramos en las teclas sino en lo que estábamos copiando de un libro antiquísimo que traía ejemplos de cartas dirigidas a un "muy señor mío".

También teníamos que hacer interminables planas de:
asdf jklñ
asdf jklñ
asdf jklñ
asdf jklñ
asdf jklñ
y así, con todas sus posibles variantes.

Quien nos hubiera visto atravesando la calle para ir al edificio donde estaban las máquinas hubiera pensado que nos dirigíamos al patíbulo. Las clases eran una verdadera tortura: durante esos 50 minutos se hundían nuestros dedos con mucho esfuerzo en el teclado duro y viejo. La primera semana ya todos teníamos callos. Si por error a alguien se le ocurría levantar la hoja de papel del teclado para ubicar las letras inmediatamente escuchábamos el grito de la maestra tras el escritorio obligándonos a repetir todo otra vez. A todos, sin importar quien había hecho trampa.
Quizá disfrutaba haciéndonos repetir hoja tras hoja quizá porque sabía que su método funcionaba.
No era extraño que más de uno saliera llorando de la clase.
Una vez un compañero arrugó una hoja sucia en sus manos haciéndola bolita y la aventó al bote de basura.
La maestra, con tono severo pero mirada fulminante, hizo que el compañero sacara la hoja del bote, la doblara por la mitad, la hiciera churrito y la depositara gentilmente en el cesto. De esta manera el exasperante ruido que hacía el papel era prácticamente nulo, explicó, mientras el pobre chavo seguía haciendo churrito infinidad de hojas sucias para que él y todos los presentes aprendiéramos la lección.
Las clases transcurrían así, entre lo que nosotros considerábamos humillaciones y maltratos y que ella veía como métodos efectivos de enseñanza.
Un día me tocó a mi. Yo no tenía máquina de escribir propia, así que para hacer las tareas utilizaba la máquina de mi abuelito que era todavía mas vieja que las olivetti blancas de la escuela, así que a cada rato cometía errores garrafales ganándome regaños con la misma frecuencia. Un día, poco después de entregar una tarea, la maestra me llamó al frente, tomó las hojas de papel rosa (que eran las de las cartas, azul para memorándums, amarillas para planas) y las rompió no solo frente a mi, sino frente a toda la clase.
"Eres una basura de estudiante" y "no te pareces en nada a tu madre" es lo único que recuerdo de un largo discurso que hizo que me tragara las lágrimas para no tener que tragarme mi orgullo.
Tenía la mirada agachada pero llena de lo que en ese momento identifiqué como odio, y me prometí que nunca más quería tener esa sensación tan terrible de humillación.
No podía hacer otra cosa mas que demostrarle que estaba equivocada, así que eso hice. No volvió a tener una queja de mi y además me convertí en la mejor de la clase, escribía más palabras por minuto que cualquiera y poco a poco me gané su reconocimiento y hasta conseguí palabras amables de su parte. A veces, al terminar antes que nadie un trabajo me dedicaba una sonrisa entre retadora y cómplice que me hacía sentir orgullosa.
Al final del curso todos sintieron un profundo alivio por no tener que volver a ver a la mujer de cabellos violeta, yo secretamente sentía simpatía por ella y me di cuenta de que no sólo me enseñó a escribir rápido sin ver el teclado, sino también disciplina y constancia.
Hace unos días encontré un grupo de la secundaria en Facebook, había un foro especial sobre la maestra de mecanografía donde los estudiantes de hoy se quejan de las mismas torturas que a nosotros nos hizo pasar la maestra Esther. Sonreí y la recordé con cariño; y pensé con nostalgia que hay cosas que nunca cambian.

3 comentarios:

Zuthiel dijo...

yo no tuve clase de mecanografía, más bien era computación, y aunque eran las mismas planas de:

asdf jklñ

las haciamos en word, y de vez en cuando nos dejaban de ejercicio jugar con un videojuego de Mario bros que saltaba con la tecla correcta al presionarla con el dedo correcto...

sabe así aprendi "mecanografia"

Quien hubiera dicho que mas tarde eso realmente seriviría cuando tuve el examen de programar 20 servers en 5 min.

Anónimo dijo...

Nooooo!!

Mi maestra de macanografía apestaba!!!

Jajajajaja!! Yo reprobé mecanografía... 2 veces.

Y nos hacían ir a clases de regularización... y a la maestra una vez se le abrió la blusa y se le andaba saliendo una boob.... y era askeroso....

Fafahrd dijo...

Yo lleve mecanografía hasta el extraordinario... y aún así llegue con el brazo vendado para que me diera más días de ocio antes de ponerme a sacar el mugre trabajo. La maestra me dijo que me quitara el vendaje pero dijo que siempre no cuando empezó a transparentarse la "sangre" (guiño guiño)

Pase sin hacer nada