jueves, enero 29, 2009

La magia del viaje a Puerto Vallarta

Llegué a Puerto Vallarta pasadas las 9:00 luego de un viaje bastante incómodo, pero ¿a quíen le importa? ¡estaba en la playa!
Después de registrarme en un hotel pintoresco y pequeño, lo primero que hice fue comprar una cerveza, una botana y tirarme frente a mi compu a escuchar música, porque ver la tele estaba más que complicado.
Al día siguiente tenía muchas cosas por hacer, y entre una y otra actividad me desocupé después de las 8:00 de la noche. Había quedado de ver a unos amigos a las 11:30 así que con tanto tiempo disponible decidí ir a dar un paseo al malecón.
Muchas veces he pasado por ahí, ese paseo muy alto, bordeado por una calle empedrada llena de negocios diversos y bares, antros y cantinas, del otro lado por una playa pequeña que sirve de antesala al mar.
Muchas veces también me he sentado en alguna de las pequeñas jardineras que adornan el malecón, sólo para ver pasar el "Marygalante", el barco pirata restaurante que organiza viajes carísimos para los gringos y al volver por la noche ofrece un bonito espectáculo de fuegos artificiales que iluminan la bahía.
Pero a pesar de tantas veces que he dado largos paseos en solitario por esa zona infestada de turistas, no había descubierto lo que descubrí esa noche.
Cuando salí del hotel tomé un camión que me llevara hasta el centro y deliberadamente decidí seguir de largo unas cuadras para caminar un rato más. Me bajé en la calle que atraviesa el río Cuale, un puentecito se alza sobre las aguas espumosas, que aunque ya de noche da un aspecto casi tétrito, de día te puedes encontrar con un alegre río rodeado de mangles. Todo depende de cómo lo veas. Del lado izquierdo de la calle hay un mercadito de artesanías, a esta hora todavía están casi todos los negocios abiertos y las luces de cada uno crean un bonito efecto sobre las esculturas, vasijas, retratos y artesanías todas multicolor.
La calle hace una L y desemboca a una cuadra del malecón, justo al dar vuelta me encontré de frente con un local diminuto pero que me atrajo por su aroma: era un negocio especializado en vainilla. Vainas enteras, frascos de todos tamaños de esencia, vainilla traida de Veracruz o incluso de la India. Sentía que el aroma, dulce, suave, terso llenaba mis sentidos sin saturarlos. Cremas, jabones, aceites, aderezos, mermeladas, todo hecho a base de vainilla. ¿Se te hubiera ocurrido una mermelada de vainilla con chipotle? Pues a alguien sí. Todo quería y todo era ridículamente caro, al final no me podía quedar con las ganas y compré un frasquito de esencia de vainilla de Papantla que por lo menos para algún pastel podría usar.
Seguí caminando todavía con el aroma en la nariz y me metí por una callecita para llegar nuevamente al malecón, pero al salir me encontré con un camino que no conocía, estaba atestado de gringos (que eran canadienses según me dijeron después) y nacionales caminando tranquilamente. Decidí seguir el caminito y poco a poco me encontré en un puente, mientras iba subiendo la música se hacía mas clara y la gente aplaudía y tomaba fotos desde uno de los barandales del puente. Al llegar al punto más alto busqué un hueco entre la multitud para poder ver el espectáculo, el conjunto de jazz tocaba de una manera sensacional, la gente aplaudía emocionada cuando la poderosa voz de la vocalista entonaba las más altas notas al ritmo del saxofón. Después de un rato de disfrutar la música del grupo seguí mi camino. Al andar unos pasos me di cuenta de que en el mismo pavimento que formaba el caminito había escritas frases sueltas, al avanzar y recolectar las demás frases se formaba un poema entero, me gustaría poder recordar sobre qué trataba.
Más adelante, del lado derecho, ya sobre la playa, había varios bares y restaurantes cada uno con dos o más meseros que te invitaban a tomar la mejor de las promociones, las mesas y sillas de plástico rodeadas de barras improvisadas llenas de botellas de colores y hieleras repletas de cerveza, las bocinas medias rotas soltando notas incomprensibles que se mezclaban con las del identico bar de al lado, invitaban a sentarse durante horas frente al mar.
Seguí caminando y justo donde terminaba el camino había una pequeña explanada con un graderío de cemento alrededor, empezaban a escucharse los primeros acordes del Son de la Negra, así que apresuré el paso, me hice de un sitio lo más cerca del escenario que pude y disfruté de un espectáculo maravillose de bailes típicos representados por un muy profesional conjunto Vallartense. Los machetes, El gavilán, El Jarabe tapatío, La Iguana. La música, los vestidos, los pasos, lo que representan en sus movimientos, las muchachas muy pintadas, sonrientes y llenas de gracia, ellos gallardos y con porte. La música folklórica mexicana es única.
Cuando terminó, caminé de regreso y del lado derecho encontré otra zona de barecitos y cafés mejor puestos y que ofrecían una agradable vista hacia el puerto. Así que esta vez sin pensarlo tomé la mesa mas alejada del resto y pedí una cerveza oscura. Qué placer sentarse en solitario, sin más compañía que una buena bebida y un cigarro.
Para cuando me di cuenta ya se me había hecho tardísimo para encontrarme con mis amigos, así que después de pagar la cuenta corrí a tomar un camión que me llevara de regreso al hotel, solo para atusarme el cabello, pasar un brillo por la boca y salir corriendo nuevamente.
Qué ricas las noches así. Son todas estas cosas sencillas pero mágicas las que hacen que cualquier viaje a cualquier destino por cualquier motivo, valgan la pena. Todo depende de cómo lo veas.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Prontó iré a la playa y me sentaré en la arena a ke el mar me vea como me tomo una cerveza...