Alcancé a llegar a El Polo Norte, no, no me fui tan lejos, es una nevería antiquísima tapatía.
Como pude, llegué corriendo con el diminuto paraguas que amenazaba con romperse en cualquier momento, me resguardé bajo el rígido toldo iluminado mientras un torrencial aguacero se dejaba venir por la ciudad, después de unos minutos mejor me senté en una de las sillas de la entrada y pasados otros quince encendí un cigarro y pedí un café, por supuesto, en cuanto me llevaron mi humeante café negro (sin crema ni azúcar como debe ser) dejó de llover, claro, y yo tan resignada e instalada que estaba.
Decidí pedir mi café para llevar y aprovechar que había bajado la tormenta y entonces empecé a caminar sin rubmo fijo ¡carajo! ¿dónde pasa un camión que me deje por mi casa?
En esas estaba cuando de repente se abrió en el cielo una luz divina, se escuchó un coro angelical y un nunca antes tan deseado midibús de la ruta 640 se abrió paso entre los ríos que se formaban en las calles. Bien, ahora sólo falta averiguar dónde es la parada. Caminé hacia donde el sentido lógico me indicaba y ¡oh fortuna! estuve increíblemente en lo correcto.
Una vez en la parada me encontré con un dilema: tenía un paraguas en una mano, un café caliente en otra y hacía malabares con las dos para sostener mis moneditas justas para pagar el pasaje ¿cómo maniobraría para trepar hasta el chofer y pagarle y luego acomodarme en un asiento con el paraguas cerrado, sin monedas y todavía con el café en la mano? Ya que confío por sobre todas las cosas en mi torpeza sin igual, al final, cuando vi las potentes luces acercarse, me decidí a abandonar mi café, sólo, bajo la lluvia, lejos de un bote de basura, shame on me, mi seguridad y pronta escapada apremiaban.
Le dirigí una última mirada mientras subía al camión, el vasito humeaba un cálido vaporcito al contacto con las gotas de lluvia, apenas podía sostenerse por el viento, pero estaba bien acomodado sobre una bardita. De repente me dio un terrible sentimiento de tristeza y no volví a mirar.
Me acomodé en el asiento y limpié el vaho con la manga de mi chamarra mientras observaba las luces de las calles entre las gotas pegadas al vidrio.
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