Cuando viajas constantemente en autobús de una ciudad a otra, tienes mucho tiempo para la introspección. No necesariamente es bueno, pero tampoco es del todo malo.
Por cuestiones de trabajo he tenido que viajar constantemente en los últimos meses y así, en el autobús, buscando la manera de instalarme menos incómodamente en los asientos, con los audífonos bien puestos y siempre observando el paisaje por la ventana voy hilvanando pensamientos, muchas veces, la mayoría de las veces, casi sin quererlo, se van mezclando, revolviendo y separando otra vez para convertirse en algo diferente.
En ocasiones es divertido, de repente me encuentro pensando en algo, cualquier cosa y en algún momento dado me vuelvo consciente de ello, como si despertara de un trance y me digo “pero… ¿cómo llegué a esto? ¿esto qué tiene que ver?” y entonces regreso en los pedacitos de pensamientos, voy armando toda la cadena de asociación de ideas al revés para poder llegar al origen y entonces me río conmigo misma de toda la secuencia lógica (al menos para mi) que fui armando para construir un plan perfecto, una idea nueva, un sueño más y cómo lo llevaré a cabo.
En cada viaje me he topado con maravillosos paisajes, aunque muchas veces tan iguales, siempre encierran algo distinto, un detalle que los hace ser únicos y mágicos, el verdor de la sierra, por ejemplo o las rancherías aledañas a la carretera, de tanto ir y venir ya casi empiezo a reconocerlas “la última vez no estaba esa mula ahí”. A veces los atardecerse le dan un aura completamente diferente a tan repetitivo paisaje, volviéndose completamente diferente y evocando nuevas situaciones, otras historias. A veces, en la oscuridad, apenas se divisan extrañas siluetas que no parecen corresponder a algo real, es entonces cuando prefiero enfrascarme en un buen libro y dejar que la imaginación ande por terrenos más conocidos.
Y así, disfrutando el paisaje, saboreándolo, reconociéndolo, sigo ensimismada ya no solo en pensamientos, sino en viejos recuerdos que de repente se empeñan en salir, a tropel, como si de pronto quisieran contar algo muy a prisa.
No siempre es bueno dejarlos, a ratos juegan malas pasadas y se empiezan a diluir con una buena dosis de fantasía “pero si, yo recuerdo que fuimos con ellos, me acuerdo perfecto del lugar, de los colores, de la gente… pero no, yo no estaba, ¿fueron ellos los que fueron y luego me contaron que fueron? ¿Cómo puedo recordar tan bien algo que ni siquiera viví”. A veces me da miedo confundir demasiado la realidad con la ficción, inventarme mis propios cuentos y luego un día creérmelos completos.
Será que yo siempre he sido partidaria de ese dicho popular “al hablar como al guisar, su granito de sal” y me gusta ensalzar un poco las anécdotas que platico y hasta las que me platico, porque así se hace más interesante todo.
Sigo platicando para mí, a ratos ya hastiada de tanto ir revolviendo la cabeza, releyendo páginas de un libro que no me decido a terminar de leer y no puedo evitar seguir conociéndome y reconociéndome un poquito más: no siempre me guste lo que descubro, “pero qué insoportable eres”, al final me reconcilio, y decido apreciar esa parte que no me gustó tanto, pues, finalmente eso también hace de mi lo que soy.
Y de repente, regreso de donde estoy, sea donde sea eso, cuando mi transporte se detiene en la terminal, recojo mis cosas rápidamente, apago la música y con una sonrisa a veces melancólica otras tantas feliz, salto de los escalones del autobús rumbo a la realidad.
3 comentarios:
me he enamorado de tus escritos...
y si pones una foto... estoy seguro que de ti también...
Ahora has sentido como se siente Davi Banner.
Y como esta tu marido?
hahahahaha,
me encanta el detalle de como esta tu marido.
Yo me siento asi muchas veces tambien.
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