
Resulta ser que cuando Agustín de Iturbide se enfilaba rumbo a la Ciudad de México para proclamar la victoria en la guerra de Independencia, debía pasar primero por Puebla, así que se le encargó a las monjas del convento de Santa Mónica que preparan un platillo digno de semejante personaje, quién además llegó a la ciudad de Puebla de los Ángeles un 28 de Agosto, día de San Agustín. Las monjas, que gustan de celebrar los santos, estaban en plan austero (como se espera que estén las monjas) y corrían presurosas de un lado para otro buscando cualquier ingrediente en su igualmente austera alacena que sirviera para agasajar a su notable invitado. Siendo Agosto, lo que tenían a mano sin problema eran granadas, chiles poblanos y enormes cantidades de nueces, así que persignándose medio escépticas y encomendándose a su santa patrona Moniquilla se dispusieron a confeccionar un improvisado platillo que hoy conocemos como chiles en nogada.
La presentación del platillo no podía ser mejor: tenía los colores de la bandera mexicana en el verde de los chiles, lo blanco de la nogada y el rojo de la granada representativos del ejército trigarante. don Agustín, emocionado, alabó enormemente la creación de las monjas quienes a partir de entonces incluyeron el platillo en su menú, junto a sus famosos dulces y el rompope.
Un mes después, exactamente el 27 de Septiembre de 1821, Agustín de Iturbide entraba triunfante (y con un buen sabor de boca) a la ciudad de México.
Después del breviario cultural he de comentar que estos días que estuve en Puebla, los anfitriones no dejaron pasar la oportunidad de dar a conocer este famoso platillo a los invitados foráneos. Yo también probé un poco, pero nomás no me gustó, ash. La presentación de los chiles es tan apetitosa, además de estética que yo comía y comía porque cómo no me iba a gustar un chile relleno de picadillo, con una salsa cremosita que esconde una ardua labor al tener que dejar limpiecitas las nueces, pues mientras mejor peladas, más blanca queda la nogada, el frescor y acidez de la granada, la ramita de perejil como adorno, en fin. Después de medio chile (y un poco más) decidí que nomás no, la combinación dulzona de la nogada y el relleno picosito del chile nomás no me convenció.
Pero no me quedé sin comer pues también había arroz, frijoles, semas, chalupas y demás garnachas buenérrimas a las que sí les entré con singular alegría, porque el vínculo que une a mi familia no es el amor, ni el respeto mutuo, sino la comida y afortunadamente para esto todos tienen buena mano.
1 comentario:
Yo creía ke eran deliciosos...
Creo ke a mi tampoco me van a gustar, nuna los he probado pero con tu crónia creo ke no.
Ke bueno ke ya regresastes, aunke no te he visto.
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