sábado, septiembre 06, 2008

Me truena la quijada

¿Todavía te truena la quijada?, me dijo ayer que nos encontramos caminando por la calle, sonreí medio con pena pero muy indignada y creo que se dio cuenta porque enseguida añadió pero me acuerdo que besabas muy bien(oooorales).
En aquel entonces yo era una escuincla enamoradiza y despistada. Y él tenía algo especial, me gustó desde que lo conocí y poco a poco fuimos haciéndonos amigos, yo buscaba cualquier pretexto para platicar con él, nos gustaba la misma música y hablábamos durante horas sobre grupos clásicos del rock mexicano a la vez que escuchábamos las nuevas propuestas de Súper Stereo, que se anunciaba como la radio pirata, en las tardes iba a su casa y nos sentábamos un rato en la banca que tenía en la cochera, comiendo miguelitos y rokaletas, intercalándolos con cigarros que fumábamos a escondidas de sus papás, todavía tosiendo y sin darle bien el golpe.
Ese día que nos quedamos toda la tarde en su casa escuchando el nuevo disco de los recién estrenados Jaguares y me presumía algunas de sus canciones favoritas, yo, feliz, intentaba aprenderlas rápido para quedar bien.
Una vez ganó boletos para ir a un concierto del Tri en la plaza de toros, su papá nos llevó a recogerlos, yo estaba emocionadísima porque tendría una “cita” con él. Pero mi mamá no me dejó ir; hay botellazos y vándalos y pleitos me dijo. Así que le llamé ese día para decirle que no podía ir y le colgué el teléfono. Me encerré en mi cuarto y lloré un buen rato. Nunca supo mi mamá cuanto la odié durante semanas enteras por eso.
Otro día nos encontramos cuando íbamos a nuestras casas luego de la escuela, nos quedamos platicando y luego de un rato nos sentamos en la banqueta, sacó un cuaderno de mi mochila y se puso dibujar, es mi logo, me dijo enseñándome una figurita humanoide de ojos enormes.
Un día me lo encontré a unas cuadras de mi casa, me dijo que iba a buscarme porque quería enseñarme algo en su casa. El creyó que me tragué el cuento de que quería enseñarme ya no me acuerdo qué, pero yo sabía perfectamente a qué íbamos.
Entramos a su casa y cosa rara, sus papás no estaban, era una casa muy amplia, y me acuerdo que frente a la sala había un comedor estilo luis xv con un montón de lugares y un trinchador enorme. Me invitó a sentarme en el sillón mas largo y se sentó a mi lado, me pidió un beso y yo torpemente solo atiné a responder que me tronaba la quijada, sí, me truena la quijada con algunos movimientos maxilares, él se rió y sin mas me sujetó suavemente con una mano la cabeza, metiendo sus dedos entre mi cabello y jalándome hacia él me besó.
Y yo le respondí, y entonces se oyó un “trac” y se separó y me volteó a ver y antes de que dijera nada le contesté que sí, que esa había sido mi quijada, nos reímos y así estuvimos durante un rato más besándonos, sentía mariposas en la panza y el corazón a punto de estallar, no quería que se detuviera, pero estaba nerviosa y solo podía pensar que ojalá yo lo estuviera haciendo bien pues no tenía mucha experiencia en esos artes. O ninguna.
Así seguimos besándonos cuando sus manos comenzaron a querer moverse por mi cuerpo, sin despegarnos yo interceptaba sus movimientos y regresaba sus manos al sillón. En esas estábamos, forcejeando tiernamente, cuando escuché un ruido en el comedor. Me levanté sobresaltada (qué propia, bien pinche asustada pues) y entonces lo ví, ¡Su mejor amigo estuvo todo el tiempo escondido en el comedor, viéndonos y perdiendo una estúpida apuesta con su amigo! O eso supongo, si no, no me explico que podía hacer ahí.
Creo que fue la primera vez que me sentí realmente furiosa, decepcionada, traicionada, herida, triste, desilusionada, burlada, nerviosa, furiosa, ¿ya dije? Salí corriendo de su casa y mientras su amigo se desternillaba de risa en el suelo, él salió corriendo atrás de mi. Me acuerdo que hablaba e intentaba darme explicaciones pero yo no lo escuchaba, era tanto mi coraje que no escuchaba nada. Al llegar a la esquina me alcanzó y entonces mi mano casi por si sola le soltó la primera cachetada que di en mi vida, toda esa ola de sentimientos traicionados se estamparon en su cara dejándole mi mano marcada por un buen rato.
Después de eso lo seguí viendo un tiempo pues mis amigos y los suyos eran los mismos, al principio me dolía verlo, con ese dolor que solo puede sentir un corazón adolescente, después me daba coraje, luego de un tiempo ya no sentía nada, absolutamente nada. No sé si dio cuenta, no sé si lo importó. Yo me cambié de casa poco tiempo después y dejé de verlo muchos años.
Al principio no supe qué sentir cuando me lo encontré ayer en la calle, me saludó así, preguntándome por mi quijada, yo lo saludé con gusto. Me alegré sinceramente por lo bien que parece le van las cosas. Nos despedimos con breve abrazo luego de intercambiar correos en papelitos mal recortados de mi agenda prometiendo no perder el contacto otra vez. Pero al dar la vuelta a la cuadra, no se por qué, arrugué el trocito de papel y lo tiré a la basura.


Por cierto, el por qué me truena la quijada también tiene una historia menos dramática pero igualmente adolescente que esta.

4 comentarios:

Viramont dijo...

a mi me parecio una buena historia y hasta me entro la duda de porque te truena la quijada.
saludos

Anónimo dijo...

:O

Soy tu fans!!!

Estoy totalmente conmovido por tu historia.

Ñets dijo...

Chin. Por la culpa del amigo de tu amigo esta historia no tuvo un final más erótico.
Me tenías bien picado con la escena del sillón cuando apareció ese aguafiestas.
Saludos!
E

Monike dijo...

zonico: Ya contaré por qué me truena la quijada, snif.

mouse: gracias, gracias, jajaja.

E: Vamos, ¿qué tan erótico puede ser un encuentro primerizo y adolescente?