martes, enero 20, 2009

El viaje (del horror) a Puerto Vallarta

¡Eeeeeh! Me voy a la playa, pensé cuando me mandaron de la chamba a Puerto Vallarta.
Pero como siempre, Murphy se deleita conmigo.
Llegué rayando a tomar el autobús de las 17:00 en Primera plus, cargando maleta, bolsa de mano con capacidad de maleta y lap, me subí apresuradamente a buscar mi asiento y afortunadamente me tocó sola. Me acomodé y lo recliné hasta quedar en una posición tan horizontal como el asiento lo permitía. O sea casi vertical. Intenté ver la película pero era tan mala y tan doblada que mejor intenté dormirme un rato. El aire acondicionado estaba al máximo y aunque traía chamarra en media hora estaba tiritando y moqueando.
Cuando ya tenía el cuello torcido y medio cuerpo dormido pasamos por Plan de barrancas, una zona llena de curvas infernales de un solo carril y que los conductores temerarios se empeñan en librar sin bajar la velocidad. Me empecé a marear terriblemente, pero afortunadamente mi control mental es muy poderoso. Al llegar a la terminal casi brinqué del autobús y tomé el primer taxi al hotel.
Desde que en la empresa ya no tenemos presupuesto, las estrellas de los hoteles en los que nos podemos hospedar bajaron considerablemente, así que llegué a uno donde tenía que dejar depósito por el control remoto de la tele y que de todas manera no pude usar porque la televisión estaba pegada al techo y tenía que pararme frente a ella y alzar la mano tan alto como pudiera para poder cambiar el canal. También había un letrero en recepción que pedía silencio absoluto después de las 11:00 pm y entregar las toallas al momento del check out.
Después de hacer todo lo que tenía que hacer, tenía un día libre, así que aproveché y pedí la noche de cortesía que tenía en el hotel bonito donde nos hospedábamos antes del recorte de presupuesto. Llegué, me registré y cuando le había dado dos sorbos a mi margarita de cortesía sin alcohol (qué chafas) me llamaron para ver otros pendientes de chamba, ash. Cuando regresé por la tarde pensé que sería rico echarme una nadadita, revolví mi maleta y descubrí entre maldiciones que había olvidado el traje de baño.
Afortunadamente un amigo pasó por mi y fuimos a tomar una cerveza. Al bar que está refundido en un sótano sin ninguna vista a ningún lado, mucho menos al mar. En fin, la charla, esa sí, fue invaluable.
Al día siguiente tenía que regresar temprano a Guadalajara, así que bajé a desayunar al restaurante del hotel donde pagué el buffete más caro y más malo que probé en mi vida. Cada platillo era mas insípido y frío que el anterior, pero claro, con lo que había pagado por él, comí todo lo que pude mientras derramaba lágrimas en mi interior con cada cosa diferente que probaba.
Después de atiborrarbe de comida horrorosa pero que los gringos celebraban como si de manjares se trataran, corrí por mis cosas y me fui a la central no sin antes correr primero a la playa del hotel y pisar la arena aunque fuera dos minutos. Al llegar me di cuenta que cualquier autobús más próximo salía por lo menos una hora después, así que me lamenté por no haber aprovechado un rato más en la playa y decidí esta vez pagar el autobús mas caro pero que seguro sería mucho más cómodo.
Mientras esperaba, de repente mi cuerpo se acordó que había ingerido muchas chelas el día anterior y la cruda llegó de golpe, para cuando abordé el autobús ya sudaba frío y todo giraba en incesantes movimientos trepidatorios. El autobús arrancó y yo tenía el buffet entero subiendo y bajando del estómago a la garganta una y otra vez. Esta vez no había control mental que me ayudara. Cogí la bolsita del sandwich y el jugo que te dan al abordar, aventé el contenido en el asiento contiguo e hice un último acopio de fuerzas tratando de respirar hondo varias veces antes de tener que correr al apretujado baño en la parte de atrás.
Al final, no tuve que correr al baño pero tampoco pude soltar la dichosa bolsita de plástico que me tenía las manos empapadas en sudor.
Cuando llegamos a la terminal me bajé al último con las sienes palpitando, la boca reseca y pastosa y muchas ganas de no volver a viajar en un buen rato.
Ay si, te crees mucho porque vienes de Vallarta ¿no? comentó algún gracioso cuando llegué a la oficina al día siguiente. Un chinga tu madre fue lo mas gentil que cruzó por mi mente en ese momento. Seeee, le contesté.


P.D. Pero sí hubo una parte chida cuando descubrí el festival del río Cuale, del cual luego anecdotaré.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Jajajaja!!

Ke mal pedo tu anectoda... uno siempre piensa ke los viajes a la playa aunke sean de trabajo son geniales... yo creo eso todavía, ya te contaré algún día.

Zuthiel dijo...

Mmm yo vengo de mi viaje al defectuoso. y lo mas chido que paso fue:

1. por la cruda no me levante tempra a la conferencia y jugue una hora en la tina del baño.
2. me rie hasta morir cuando pregunté cuanto costaba una torta de tamal y no que tenga algo gracioso es que mi sentido aracnido me dice que es muy gracioso una torta de tamal.

Anyway, con esta experiencia y aún así quieres ir a ser Pirata???

Wenu :)

Ñets dijo...

Jajajaja! Me han tocado esos controles remotos con truco que nomas a cierta altura y con cierto angulo jalan.
Saludos, Ale!