martes, noviembre 06, 2007

De souvenirs

Cuando estaba chica sentía una profunda admiración hacia mi papá por muchas cosas, entre ellas que a veces por el trabajo iba de viaje a México, a juntas, convenciones y eventos, de los que por cierto, siempre regresaba con un montón de souvenirs (léase plumas, gafetes y cacahuates del avión) (ahora que lo pienso era medio codo) para nosotras. Me parecía muy emocionante viajar así e ir de un lado a otro en avión. ¡Y que te pagaran por ello!. Yo no viajé en avión hasta varios años después.
Me intrigaba cuando mencionaba a "la gente de México" con la que iba a esas reuniones, se me hacía gente bien importante y misteriosa, de ciudad cosmopolita y adelantada. También a veces se quejaba, pues esa gente de México era la que tomaba decisiones igual de importantes y no siempre favorables para los otros. Parecían temibles.
Hace unos días, por la chamba, me tocó ir a mi con "la gente de México". Y fue curioso porque por un rato me sentí igual de emocionada que en aquellos tiempos en que veía a mi papá hacer lo mismo y esbocé una sonrisa cómplice al comerme gustosa los cacahuates que me dieron en el avión.
Los de México nos presentaron sus nuevas oficinas corporativas y lo que más me impresionó no fue todo el trabajo que se lleva a cabo ahí, ni toda la gente que hace su parte para que la chamba salga adelante, ni siquiera me impresionó la modernidad de las instalaciones o el acondicionamiento de cada estancia, lo que de veras me hizo querer trabajar en esas oficinas de lujo es que en el comedor siempre tienen café fresquecito cortesía de Starbucks y además hay una mesa de billar para sano esparcimiento de la gente que se desloma trabajando horas y horas. Solo falta un bar. Lástima.
Aparte de eso, el viaje resultó bastante productivo y entretenido, a pesar de mis problemas de interacción social conocí a mucha gente divertida y que disfruta lo que hace y fue de cierta manera un incentivo más para el gusto que le estoy tomando a mi nueva chamba.
De regreso, esperando el avión me aseguré de traer conmigo las plumas que me habían dado, el gafete con mi nombre y hasta el cenicero del hotel que me volé.
Y es que bueno, a veces los actos vandálicos (y profundamente nacos) traen sus recompensas, como el video-souvenir que tomé en el concierto de Sabina & Serrat cuando entonaron a coro esa canción emblemática de caminante no hay camino... casi lloraba, snif. Bueno, en realidad casi lloraba de la emoción durante todo el concierto, porque Sabina (soy fans) y Serrat hacían del momento como si fuera una amena bohemia entre amigos de bar, contaban chistes, se hacían bromas el uno al otro y parecían disfrutar tanto de la velada, entre canción y canción, como todos los que estábamos escuchando. Fue genial escucharlos compartiendo sus canciones, riendo, adecuando letras, declamando, bailando. Reí profusamente cuando en un momento salieron los dos portanto sendas playeras de las chivas. Si yo sabía que les gustaba el buen futbol.
Para mi, los souvenirs improvisados son una divertida manera de seguir teniendo vivo el recuerdo de algo que paulatinamente se va perdiendo en la memoria. Por eso siempre cargo con posavasos, plumas, ceniceros, fotos clandestinas, vasos de los bares y anexas, no porque sea medio cleptómana y raterilla, eso no, nuncamente.

2 comentarios:

Unknown dijo...

SEEEEE!!! billar en la ocinia.
Si quieres Bar, vete a trabajar a la cerveceria de Lazaro Cardenas, Preguntale a Adolfo.

Zuthiel dijo...

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